¿Son los homosexuales mis prójimos? (2)

¿Son los homosexuales mis prójimos ? (1)

Peggy Campolo continúa:

Mi esposo se metió en problemas hace algunos años por decir que es posible que la presencia de Jesús se encuentra al interior de cada persona, sean o no cristianos. Más aún, Tony dijo en aquella ocasión que el mejor lugar para encontrar a Jesús es sirviendo a los pobres y a los oprimidos. Algunos en la comunidad cristiana afirman que Jesús se encuentra sólo en los que creen en Él. Aquí en Chicago hubo un juicio por herejía en 1984 que terminó con el jurado diciendo que Tony no era un herético pero que necesitaba ser más cuidadoso en su manera de decir las cosas.

Pero más tarde ese año, aprendí de primera mano que Tony estaba diciendo lo correcto sobre dónde encontrar a Jesús. Ocurrió el lado de mi amiga Helen, que se estaba muriendo. Helen siempre había dicho que creía en Dios, pero en ese momento no estaba segura sobre la existencia del cielo ni sentía la paz que debería sentir al morir.

Ahí estaba yo, su mejor amiga, sin contacto alguno con Dios, ni con Jesús y sin creer en la esperanza del cielo. Nunca me sentí más incapaz que ese día. Helen necesitaba a Dios y yo también lo necesitaba con desesperación para poder consolarla. Entonces decidí de decirle todo lo que había oído sobre Dios y sobre ir al cielo. Después de todos esos años en la iglesia sabía todo esto muy bien.

Helen me tomó de la mano y me escuchó mientras compartía con ella la Gracia de Dios y Su amor. Mientras hacía esto con mi mejor amiga, la presencia de Dios se hizo realidad en mi vida. Helen se puso tan mal que no pudo hablar después de ese día, pero antes que eso ocurriera pude hablar con ella y creo que Dios se la llevó al cielo de la misma manera en que Él se quedó conmigo.

Fue el cuidado que tuve con Helen que me llevo a conocer Dios. La búsqueda teológica de Dios llevada a cabo por mi esposo en relación a aquellos que son oprimidos o en necesidad se convirtió en una realidad para mí ese día en el hospital; Uno se encuentra al lado de Dios cuando uno se acerca a aquellos que sufren.

Ahora bien, ninguno de nosotros puede ser un amoroso representante de Dios delante de todos sus hijos. Ninguno de nosotros puede ni siquera comprender, no digamos resolver cada error en este mundo. Pero Dios ha escogido por cada uno de nosotros el grupo particular de gente que Dios va a amar a través de nosotros.

Siendo una mujer heterosexual toda mi vida. No tengo hijos gays o lesbianas, pero después que me convertí, Dios me hizo ver que debía amar y hablar en favor de mis hermanos gays y mis hermanas lesbianas en el nombre de Jesús y, para mi mayor sorpresa, pienso que Dios estaba preparando mi corazón para esto desde hace mucho tiempo, antes de conocerlo.

Tendrían que regresar conmigo, hace 40 años, a la preparatoria Abraham Lincon en Philadelphia en la cual Tom (Tony) era mi amigo. Su locker estaba cerca del mio por lo que nos encontrabamos seguido al inicio y al final de clases. Tom era lo que llamo un buen amigo. No me preocupaba qué vestir, ni cómo me veía o la manera de expresarme cuando estaba con él. Le caía bien y aún puedo recordar lo bien que esto se sentía en aquella época en la cual no me gustaba yo misma todo el tiempo.

Como yo, Tom era el hijo de un predicador. Pero a diferencia de mí, él tiene una hermosa voz y era uno de los más talentuosos actores en los dramas y musicales en la preparatoria.
Cuando tenía 15 años me la pasaba enamorándome de un chico o del otro pero nunca me enamoré de Tom. El me dió algo que necesitaba más que un simple enamoramiento. Él me ofreció un oido atento, un corazón comprensible y, en muchas maneras, un espíritu bueno. Por lo que no me gustó el día en que unos de los muchachos que pasaban a nuestro lado en los lockers molestaron a Tom. Todo lo que hicieron es decir su nombre mientras pasaban, pero en su voz había mala intención. “tommy” “tommy” decían con muecas en sus rostros, buscando con los ojos por ver quién los estaba observando en su juego. Traté de seguir el ejemplo de Tony y fingir que nada había pasado. Pero me sentía amendrentada y triste y sabía que Tom se sentía igual.

Escenas como esta se repitieron varias veces, tantas que ni siquiera quiero recordar su numéro. El horror era que Tom estaba siendo acosado no por algo que él hubiera hecho, sino tan sólo por ser tal y como es. Había bromas e insinuaciones y algunos me dijeron que Tony era maricón. Si las respuestas que mis padres me brindaron no fueron suficientes, al menos me fue claro que le correcto era permanecer como amiga de Tom y que sus atacantes era malos y se equivocaban, pero ya sabía esto. También sabía que debería levantarme para ayudarlo. Desgraciadamente en aquellos día no era algo que hacía con frecuencia. Tenía miedo de ser también rechazada. Les dije que Tom era un buen muchacho. Y les pedí a mis amigos que no se unieran en los ataques contra Tom. Pero no tenía lo necesario para transformar mi tristeza en indignación benéfica a favor Tom.

Y no fue hasta que Jesús se convirtió en algo real para mí que encontré que era Jesús quien debería darme coraje.

Después, hace 30 años, Tony invitó una Cristiana que era lesbiana a hablar en su clase sobre la homosexualidad porque el clima en el campus era un poco desagradable en ese entonces. La reunion se realizó en nuestra casa. Estaba curiosa pero no particularmente entusiasta y cuando Louis, le mujer, llego, no me cayó bien. Parecía estar siempre enojada. Incluso parecía que vestía ropas de gente enojada, pensé. Parecía estar enfadada con todos, incluso conmigo. Ahora puedo enteder que el mundo la trataba mal, pero ¿por qué se comportaba como si le debiera algo? Nunca vi su dolor y nunca comprendí que lo que ella quería que entendieramos era el por qué de éste . Me olvide de ella casi en el momento en que entró por mi puerta.

Después, hace 20 años, mi esposo y yo fuimos a Provincetown, Massachussetts para observar las ballenas. Nos habían advertido que el agradable pueblo en la punta de Cape Cod era la meca para las lesbianas y los gays. Esperaba ignorer esto y disfrutar de las ballenas y después regresar a casa. Pero me enamoré del pueblo y la gente que ahí conocí cambiaron mi vida.

Como pareja heterosexual, Tony y yo somos una minoría cuando visitamos galerías de arte, tiendas y restaurants en Provincetown. Pero hay una abertura ahí que me hace sentir especial. Ambos nos sentimos especiales y no extraños.

Y cuando considero que la gente que he llegado a conocer ahí, especialmente las parejas, no son aceptadas en la mayor parte de los lugares de donde vengo me siento triste y avergonzada.

Durante nuestra primera visita recuerdo haberle dicho a Tony que lo que ahí sentía era algo de lo que siempre imaginé la iglesia debería ser y no es. Para ser exacto, nosotros que caminamos por la calles de Provincetown no nos conocemos y evidentement no nos amamos, pero lo que siento ahí me hace ser consciente del doloroso vacío que existe en la mayor parte de nuestro planeta en el cual no nos aceptamos uno al otro ni somos buenos unos con otros.

A Tony y a mí nos gusta conocer los otros habitantes de Provincetown. Una tarde Tony encontró un hombre que lo reconoció. Los dos se pasearon mientras yo iba de compras. Hablaron de teología y pasaron un buen momento. Cuando me les uní y nos estabamos preparándonos para irnos, Tony trató de saber más sobre este nuevo amigo, pero éste no le dió su nombre, sino que simplemente dijo: “ Antes era un predicador y me gustaba hablar sobre Dios, pero cuando comenzé a decir lo que soy, no pude seguir siendo un pastor y no pienso más en Dios, pero ha sido un placer hablar contigo amigo mio”. El individuo se fue antes que pudieramos agregar otra cosa y un poco de su tristeza se quedó con nosotros.

En una ocasión pasamos una tarde completa siendo los únicos clientes de un restaurante. Era uno de esos momentos que deberían ser parte de nuestras vidas más a menudo. El joven detrás de la barra del bar se nos acercó y se sentó con nosotros y nos pusimos a hablar de muchas cosas. ¿Dónde está tu casa?- le preguntó Tony. Un buen lapso de tiempo pasó antes de recibir una respuesta: “ Mis padres viven en Iowa, pero no puedo ir allá más, mi casa es en cualquier lugar donde me encuentro” -dijo el joven. “¿Por qué no puedes regresar allá más?”- Tony le pregunto, interesado realmente en el por qué. Pero la mirada que el joven le dió como respuesta parecía mostrarle a qué grado mi esposo había pasado en la nubes, sin darse cuenta de la realidad de este joven.

Provincetown me hizo más sabia; más conocía el lugar, más me daba cuenta de lo limitada que mi vida heterosexual había sido. No conocía ningún homosexual fuera del armario y ahora quería hacerlo. Era como si hubiera visitado un pais extranjero; como si hubiera pasado un buen rato y estuviera ansiosa por conocer gente de esa nacionalidad.

Lentamente esto sucedió cuando comenzé a hacer valer mi idea que el status quo contra los gays y las lesbianas no era aceptable para mí. Viviamos cerca del colegio Eastern, donde Tony enseña, y de vez en vez un estudiante homosexual encuentra la manera de tocar a nuestra puerta. Mientras escucho sus historias, la rabia crece dentro de mí. En toda mi vida nada me ha parecido más injusto. La vida que estos estudiantes han tenido que vivir es terrible. Nadie los comprende. Sus padres son injustos, el colegio es injusto y la mayor parte de la Iglesia lo es también. Si tan sólo supieran lo que en realidad estos jóvenes son y francamente me sorprende cómo estos han podido sobrevivir a pesar de todo lo que tienen en contra. Quisiera levantarme y decirles que mi cruzada en favor de los homosexuales comenzó hace 20 años, pero no es así. Cuando Tony comenzó a hablar públicamente sobre este tema, confieso que deseé que él no sintiera el impulso de agregar otro tema polémico a su imagen pública. No fue sino hasta que conocí a Jesús que encontré la fuerza para hablar abiertamente en favor de los hijos de Dios homosexuales.

La última vez que me faltó el corage para hacerlo ocurrió después de la muerte de mi amiga Helen. Es importante precisamente por que fue la última vez. Tony y yo viajábamos en la parte de atrás de un auto y nos dirigíamos a un lugar en el oeste en el cual Tony iba a dar una conferencia. La pareja que iba en los asientos de adelante eran cristianos evangélicos. Creo que es lo que ellos hubieran dicho. Querían que Tony hablara sobre los males que invaden nuestra sociedad y que ponen en peligro a la Iglesia. El primer mal en su lista era el problema de la homosexualidad. A medida que describían este tipo de gente comenzé a sentirme mal y desesperadamente quize encontrarme en otro lugar. Estaban muy, muy, muy equivocados estos aparentemente buenos, pero mal informados individuos. Permanecí sentada en silenciosa miseria e ira, haciendo lo que siempre he hecho, lo que siempre creí era lo correcto: nada. Nunca hacía olas, ni molestaba a nadie cuando estaba con Tony durante sus responsabilidades como conferenciante. Doy crédito a Tony que hizó lo más que pudo por iluminar a esta pareja. Pero mi silencio fue tan profundo que no recuerdo lo que él dijo. El viaje parecía interminable, pero se terminó rápido y me quedé sientiendome culpable. El gallo cantó trés veces ese día; no sólo había traicionado mi amigo, sino había también traicionado a mi Dios. Estas dos personas continuaron confortables con su Jesús todo hecho y sus ideas mezcladas. Por supuesto ellos tenían todo el derecho de creer que pensaba lo mismo que ellos y es por eso que no guardo más silencio.

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